
Pero ¿y el otro?
-¿Qué otro?
El taxista se quitaba la gorra y se rascaba la cabeza.
-Nada, nada…
Sin decir palabra pagué y puse pie en tierra lo más firme que pude. Era tan tarde, tan tarde… y estaba tan cansado…
El taxista no se movió, estacionó en la esquina y me miraba por el espejo retrovisor, como si mi respuesta lo hubiese dejado insatisfecho.
Le devolví la mirada esperando que accionara, que se sintiera intimidado por la expresión de molestia en mi rostro, o bien pusiera el auto en marcha y se alejara.
Pero para mi asombro, el tipo ni se movió ni apartó sus ojos de mi vista, por el contrario pareció ponerse cómodo, como si estuviese a punto de ver una escena de película.
Es sabido que hoy en día la gente esta cada vez mas loca, y los taxistas, por sobre todo, parecen ser los locos mas peligrosos. Piénselo bien, uno se encuentra preso en sus jaulas de colores llamativos, sin saber jamás en las manos de qué tipo de demente esta dejando su vida, y soporta kilómetro tras kilómetro la incertidumbre horrorosa de saber si llegará a destino a salvo o no. Hasta pareciera que todas esas imágenes religiosas que cuelgan de las paredes del vehículo fuesen sacerdotes de papel que garantizaran nuestra extremaunción.
Para matar el miedo, mi remedio ha sido siempre entablar un diálogo superfluo que, o bien me distraiga, o me haga saber con facilidad que detrás del cansancio y el hastío aparente, en realidad hay un psicópata, un resentido social, en busca de venganza.
Con este taxista por ejemplo, me distraje inventado le que acababa de separarme y me estaba mudando a la casa de un amigo, con el propósito de que no supiera mi verdadero domicilio.
Sin embargo nunca pareció creerme, de hecho, parecía como si esperara verme ingresar a algún lugar para afirmar mi historia y sus ojos desafiantes me obligaron a inventar una jugada infantil para ahuyentarlo.
Doblé la esquina fingiendo alejarme, sentía temblar cada músculo de mi cuerpo al recordar su pregunta, y temí por un momento que algo mas allá de mi comprensión estuviera sucediendo.
Era tan tarde, y estaba tan cansado…
Pero nunca, jamás se me había escapado ningún detalle, jamás he dejado rastro alguno de mi trabajo de depuración.
Lo cierto es, queridos lectores, que siempre he deseado que al menos uno de todos los hombres y mujeres que he asesinado volvieran a esta tierra para atosigarme, para que su espectro pusiera freno a mi inescrupulosa labor, con la que me venía ganando la vida desde mi adolescencia. He esperado años un encuentro fantasmagórico que hiciera mas interesante mi rutina, y sin embargo era un vulgar taxista lo mas misterioso que me había pasado hasta el momento.
Voltee despacio para espiarlo, sabiendo que aún estaba ahí, puesto que no había escuchado el ruido del motor encendiéndose, ni el golpe de alguna de las puertas del vehículo, que anunciaran que había descendido en mi búsqueda.
Todavía descansaba con rostro apacible sobre el asiento, pero sus ojos ya no estaban fijos en el espejo, sino que vagaban de un lado hacia otro, como quien sueña despierto.
Fue entonces cuando supe, que sin lugar a dudas él podía verlo. De todos los hombres que he asesinado solo el que venía de matar desperdició sus últimos segundos de vida en jurarme represalia, en vez de implorarme piedad. Recuerdo incluso cuanto me reí al escucharlo, y cuan ridículas sonaban sus palabras con mi cuchillo atravesándole la garganta.
Pero no parecía tener sentido, si el fantasma de la víctima quería asustarme, ¿por qué mostrarse ante un simple taxista que nada tenía que ver conmigo? Creería tal vez que la locura me produciría un miedo mayor? Reí con la simple idea de pensar que un muerto pudiera ser tan estúpido, puesto que la locura en un asesino como yo, sería una recompensa no merecida, en vez de un castigo acertado.
Asomé mi cabeza nuevamente, afortunadamente era demasiado tarde y la oscuridad hacía de esa esquina un escondite perfecto. Esta vez, el taxista no se mostraba tan relajado, tenía su gorra en la mano y hacía ademanes, como si estuviese discutiendo con alguien.
Dios mío! Pensé, esto esta sucediendo realmente!
Giré mi cabeza y tomé aire, sosteniendome con fuerza a la pared, no le temía al espectro, sino a que este pudiera hablar y estuviese confesando cuales eran las manos asesinas.
La calle parecía la casa velatoria del difunto, donde el silencio golpeaba con dureza cada esquina, y en especial a la que yo me estaba aferrando.
De repente, el golpe de la puerta del auto resonó en mis oídos, activando la alarma del asesino que vive en mi cuerpo.
Entonces agarré el bolso y corrí, decidido a terminar su vida, pero antes de convertirlo en otra "víctima de la inseguridad", me iba a asegurar de que confesara cómo era posible que hablara con los muertos, con mis muertos.
Al verme su rostro se desfiguró de terror, confirmando que sabia quien era y lo que estaba dispuesto a hacerle. A medida que me acercaba le fui mostrando mas y mas el cuchillo, y su cara de espanto se llenó de asombro.
-No es para tanto Sr! Yo se lo advertí! Ud. no pareció darse cuenta y bueno... que iba a hacer... dijo el taxista sudando.
-Decime que sabes! Decime qué te dijo!
-Nada Sr! De qué habla?
-Del otro! Del otro que viste antes de que me bajara!
- Acá esta Sr! Donde Ud lo dejó! Estuve mal en no decirle otra vez, pero me arrepentí y salí a buscarlo para decírselo... Igual fue un descuido suyo!
-De qué descuido habla? Ningún Descuido! Yo soy un profesional!
Lo tomé del brazo obligandolo a mostrarme donde estaba el otro, dispuesto a desangrarlo si el fantasma no aparecía en el asiento trasero del auto.
-Ahí esta Sr! Uno lo tiene en la mano, y el otro bolso esta ahí, donde Ud lo dejó,se lo dije!
Solté al taxista y reí a carcajadas,él creía que en ese bolso se encontraba la salvación a una noche de trabajo pobre, sin sospechar jamas, que estaba lleno de huesos que pujaban por delatarme.